El resto de las cosas, las podemos dejar para mañana
El blues llegó a Barcelona como quien llega tarde a una fiesta: sin prisa, pero con una elegancia que nadie pudo ignorar. Era una noche calurosa de 1953 y Big Bill Broonzy, una de las figuras más emblemáticas de este género musical, subía al escenario del teatro C.A.P.S.A. de la ciudad condal con su guitarra amplificada y su voz desgarrada. Fue un concierto que pocos recuerdan haber presenciado (la memoria es frágil en tiempos de dictadura), pero cuya leyenda se ha ido engrandeciendo con el paso de las décadas y que hoy sigue inspirando a todos los aficionados locales que entienden que el blues, más que un estilo musical, es una forma de habitar en este mundo tan incongruente y apasionante que hemos heredado, generación tras generación, acorde tras acorde.
Curiosamente, la fotografía llegó a Barcelona mucho tiempo antes y con cierta urgencia después de su invención. En 1839, los primeros daguerrotipos empezaron a captar los contornos de una ciudad que, como el blues, debía aprender a reinventarse con cada nuevo plan urbanístico, con cada contraluz que cegaba la mirada de unas personas que no entendían hacia dónde avanzaba la sociedad, y con cada sombra que proyectaban los nuevos tiempos que acabarían sucumbiendo a la llegada del tranvía eléctrico (seamos honestos, tampoco han cambiado tantas cosas). Desde entonces, las dos formas artísticas, la música y la imagen, han evolucionado en paralelo, capturando las historias, las emociones y la batalla persistente entre la melancolía y la esperanza, entre lo que es moderno y lo que es tradicional, una batalla que sigue vigente en el universo digital en el que habitamos hoy en día.
Cuando me propusieron escribir este prólogo, lo primero que pensé fue que, más allá del amor por la música que se desprende de cada página, se trata de una obra que hace de puente entre dos mundos que han viajado de la mano durante décadas y que hoy resultan inseparables, como esas parejas entrañables de gente mayor que viven en un piso de renta antigua y siguen paseando por la Rambla cogidas de la mano, ajenas al ajetreo de los turistas que transitan sin empatía por el mismo recorrido. Más que un libro, «40 anys de Blues a Barcelona» es un archivo de rostros, de gestos sutiles, de miradas cómplices y de almas entusiasmadas que han dedicado su vida a preservar el espíritu de este género musical en Barcelona. Surgido de la pasión del fotógrafo Joan Linux, lo que empezó como un proyecto personal durante los meses de pandemia se ha convertido en un testimonio colectivo, un espejo de cómo nuestra ciudad ha abrazado y modelado esta música durante más de cuarenta años, hasta convertirla en la banda sonora de muchas noches memorables que apenas se distinguen entre sí, pese a que las recordamos todas perfectamente.
Hay que asumirlo, el blues es una paradoja fascinante. Es por eso que tú y yo coincidimos en estas páginas. Como periodista, siempre digo que es un viaje en el tiempo y un rompecabezas que desafía modas y tendencias. En esencia, sigue siendo una música nacida de la resistencia de la comunidad afroamericana en tiempos de segregación racial, de los cantos de trabajo en las plantaciones de algodón y de los acordes tocados en los porches polvorientos del delta del Misisipi. Pero al llegar a Barcelona, encontró nuevos ecos en la bohemia del Barrio Chino, en los bares de Ciutat Vella y en los pequeños escenarios (como La Cova del Drac y La Boîte) que han sido testigos de noches infinitas de música apasionada y decibelios. Algunos músicos se inspiraron en los discos importados por marineros y turistas, otros hicieron peregrinajes a Memphis, Chicago o Nueva Orleans para absorber el espíritu de los maestros. De vuelta a Barcelona, todos ellos construyeron una escena que, como una buena grabación antigua, es improvisada pero profundamente conectada y sigue explicando muchas cosas a quienes quieran prestarle atención.
Joan Linux, el ojo que se esconde tras las fotografías de este libro, ha sido testigo privilegiado de esta evolución. A lo largo de los años, su cámara ha capturado no solo los rostros de los músicos, sino también las historias que los atraviesan. Cada retrato es una ventana a un universo propio, pero también un reflejo de algo más grande. La diversidad de estilos que abarca (desde el blues rural al urbano, del swing al rock-blues e incluso el jazz) es una evidencia clara de la manera en que esta música ha sido adoptada, reinterpretada y enriquecida en los callejones de nuestra ciudad. Más que una cronología de músicos veteranos y de otros recién llegados, este libro es un mapa emocional, un calidoscopio de los sueños, las luchas y la pasión que han mantenido vivo el blues en Barcelona durante cuatro décadas en las que la ciudad ha mudado varias veces su piel incongruente, quemada por el sol del Mediterráneo, pero siempre teniendo claros unos referentes que han funcionado como una brújula para encontrar el Sur profundo cada vez que el Norte se mostraba demasiado sofisticado para su manera de entender la música y la vida.
Escribir sobre el blues en Barcelona también significa escribir sobre una ciudad que no se rinde. Al igual que este género centenario, Barcelona es una mezcla de tradición e innovación, incluso de resistencia de lo local ante la invasión de la globalidad (valga la incongruencia con el tema del blues). Cada noche en que un grupo o un artista suben a un escenario y reinterpretan esta tradición (ya sea con versiones de clásicos o con temas originales), se narra una historia que conecta el pasado con el presente y, con un poco de suerte, también con el futuro que soñamos cuando cerramos los ojos y nos dejamos llevar por las melodías sugerentes que flotan en el aire.
Y aquí es donde realmente encontramos el mérito de Joan Linux como fotógrafo, porque este libro no celebra únicamente a los bluesmen y blueswomen de Barcelona, sino también a las personas que han hecho posible, desde las trincheras del activismo cultural, que la música del diablo arraigue profundamente en nuestra ciudad y crezca como un hermoso baobab a la orilla de un río. Para quienes se adentren por primera vez en este género, «40 anys de Blues a Barcelona» será una invitación a conectar con una escena que, parafraseando a Kerouac, «arde, arde como fabulosos cohetes amarillos estallando igual que arañas entre las estrellas». Para quienes ya llevan el blues en el alma, será un espejo en el que reencontrarse. Y para todos y todas, será un recordatorio de que el blues, como Barcelona, no deja nunca de reinventarse. Así pues, pasad, mirad, escuchad y dejad que esta música centenaria haga su trabajo. El resto de las cosas, las podemos dejar para mañana.
David Moreu












